Alguna vez escuché, que por nuestra vida pasan distintos
tipos de amores, pero sólo dos son los más importantes. Uno con el que te casas
y vives para siempre. Y otro que acabas perdiendo obligatoriamente.
Alguien con quien ya naciste conectado con ese maldito hilo
rojo que escapa a toda razón.
Es cierto que de amor no se muere. Sufres. Lloras. Te culpas…
Pero es cierto que una parte de mí que se rompió cuando te dejé volar.
De todas las despedidas que hay, la peor de todas es aquella
que genera una guerra contigo mismo, luchando contra tus propios sentimientos.
Pero a veces es mejor tomar distancia, porque tú nunca
aprenderás a valorar ciertas cosas si me quedo a tu lado.
Sigo leyendo nuestras conversaciones, y me imagino, que en
ocasiones eres consciente y ves más allá. Eres una persona con carácter (me
encanta) pero quizás no has percatado de que no paro mi vida por cualquier
persona. Y si alguna vez te preguntas porqué lo paré… seguramente, ese día, ya hará
tiempo que me habré ido.
Y me marché necesariamente porque en ocasiones, uno no es
consciente de las cosas hasta que son pasado.
Por suerte, nunca ardió Troya. Sólo fue alejamiento sin
arremeter nada uno contra el otro.
Aunque sabía que existía la verdad en tus ojos, tenías que
aprender ciertas cosas en la vida, pero yo no podía enseñárselas. Tú tenías que
dar con las respuestas. Estamos vivos para eso. Para aprender lecciones de la
vida y seguir creciendo.
Algún día lo entenderás y lo verás todo distinto.
Mientras tanto guárdame en esa parte de tu mente hasta que te decidas quemarme
junto al resto de la basura. Ser una de tus personas indeseables, no me
importa, sé que ese no es mi lugar.
¿Sabes por qué lo sé? Porque entre tú y yo teníamos algo muy
paralelo ¿Recuerdas nuestra forma de traducir la vida?
Aunque caminábamos en la misma dirección… no
logramos encontrarnos.
